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Elogio del colesterol

Cartas

Bic Cristal

18/07/2006

¿Bo-lí-gra-fo? –me preguntó el policía sin mirarme dando vueltas al BIC intentando desentrañar su funcionamiento.

Sirve para escribir. Antes –miré al tipo con una complicidad ridícula- la gente “escribía” sobre una superficie de celulosa llamada “papel”.

Es un simple cilindro de tinta con una bola en su extremo –añadí viendo que cada vez miraba el boli con mayor recelo. Me lo he traído –dije en mi descargo- del 2005. Trabajo en ese cuadrante del pasado. Se quedó en uno –puse cara de inocente- de mis bolsillos al subir a la cronocápsula

Se coge así –se lo arrebaté y escribí “BIC” sobre la palma de mi mano. Es –se lo juro, agente- completamente inofensivo. Allá, en el sigo XXI los muchachos lo llevan a la escuela.
El guardia me lo requisó y mientras me iba empezó a garabatear sobre el mostrador.


El preservativo –aquí lo tengo, amor- no me lo encontraron.

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1 Erantzuna - Bidali zure iruzkina

Ni carne ni pescado

17/07/2006

De sobra sabes, Blanca, que fui engendrado en el coche cama del TALGO Madrid-La Coruña: te he contado cientos de veces, tesoro, que en el instante en que aquel aventajado espermatozoide dribló a sus congéneres y perforó el óvulo, la primera mitad de aquel convoy alcanzaba ya la localidad de Benavente pero su furgón de cola seguía en el término municipal de Revellinos.

Sabes también cómo esa anécdota tan peregrina, ese hecho tan accidental y prosaico, ha marcado mi -nuestra- existencia: darme a escoger entre playa o monte, derecha o izquierda, diesel o gasolina es plantearme una duda existencial irresoluble.

Para mí -compréndelo, cielo- no existen las certezas: vuelvo una y mil veces sobre mis pasos para cerciorarme de haber apagado las luces, de haber cerrado la puerta...

La vida diaria me coloca en un continuo brete. La última vez que bajé al Sabeco tuviste que rescatarme: leche entera o desnatada. No puedo, lo sabes, comer fuera de casa: un menú del día es para mí un jeroglífico irresoluble; tardo siglos en decantarme por la pasta, los macarrones o los garbanzos y para cuando el paciente camarero me trae el plato escogido me asalta la certeza absoluta de haberme equivocado.

Mientras doy cuenta -y aún, amor, no sé debo pedir tinto o rosado- del cocido de garbanzos, el filete ruso, la merluza a la romana y la carne guisada opositan en mi mente a segundo plato.

Renuncio al postre y alcanzo la calle exhausto.

Ayer mismo -date cuenta, cariño- me quedé bloqueado en un andén del metro. A punto estuve de no llegar a la superficie: después de penosas reflexiones opté por las escaleras mecánicas frente a las convencionales. Entré en una cafetería con el ánimo de sofocar tanta incertidumbre con un poco de agua y salí -¿fría o del tiempo?- aún más angustiado.

Mi vida, lo sabes, es un laberinto: no sé qué bifurcación es la acertada; dónde está la salida de este dédalo insufrible.

¿Y aún me pones -"ella o yo; tú decides"- en este brete?

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1 Erantzuna - Bidali zure iruzkina

De rechupete

20/06/2006

“Dios los cría y ellos se juntan”

J. M. Sbarbi. Proverbios y refranes.











Sesenta y siete. Tengo ya, cariño, sesenta y siete años y aún duermo con chupete: sin ese pezón de látex –sabes que lo he intentado- me es imposible conciliar el sueño.
Sólo tú, amor, has perdonado ese vicio inconfesable. Lo has tolerado con la misma entereza con la que –empieza a estar crecidita- se lo prohíbes a nuestra nieta. Su olvido o su extravío te han sacado más de una noche de la cama en busca de una farmacia de guardia. En una ocasión especialmente desesperada llegaste a arrebatárselo a un niño de pecho –sus berridos todavía nos persiguen- para consolarme.
Sí. Tú –por ese detalle te quiero- te has acostado durante estos cuarenta años a mi lado sin reprochármelo: me ves hurgar cada noche en el cajón de la mesilla y llevarme, goloso, el tete a los labios; cierras entonces condescendiente los ojos y te duermes como siempre... abrazada a tu peluche.

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Tres milímetros

30/05/2006

“La soledad es mala consejera”
José María Sbarbi, Proverbios y refranes





Últimamente, amor, nadie me llama.
He buscado por si acaso mi nombre en la guía. Estoy –fíjate bien- en la cuarta columna de la página trescientos cuarenta y cinco: GARRIDO, Juan José.
Tres milímetros más abajo he tropezado contigo: GARRIGAS, Marta. No te conozco de nada pero me ha parecido ver en esa proximidad la mano del destino.
He marcado intrigado tu número. No he sabido qué responder a tu dígame: Lo siento. Tan sólo estaba comprobando –a veces es tan equívoca- la realidad.
He mirado la dirección y vives dos calles más arriba; según el buzón de tu portal en un tercero luminoso.
No me ha quedado más remedio –compréndelo- que sitiarte: emboscarme en el bar de enfrente hasta memorizarte; apostarme en el rellano hasta enamorarme. Tu marido –convéncete: esta misma mañana te ha dado un beso tan neutro...- te quiere menos que a mí mi esposa.
Al volver a casa ha sonado por fin el teléfono: GARMA, Claudia. Tan sólo –se ha disculpado- quería comprobar la realidad: últimamente nadie le llama.
Le he asegurado –no te preocupes- que eras la mujer de mi vida. ¡Cachis! ¡Por tres milímetros...! –ha dicho y ha colgado. Parecía despechada: seguro que había visto en el alfabeto el inconfundible dardo de Cupido.

¡La muy tonta!

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Zoo

26/05/2006

"El amor confía sin límites; cree sin límites."
Cantar de los cantares.






Lo más asombroso -con serlo- no es el hecho en sí. No; lo más inquietante, cielo, no es que yo vea de cuando en cuando una jirafa. Lo más inquietante es que nadie más en el autobús, en la calle, en la playa, vuelva incrédulo la cabeza: como si el animal no estuviera allí –delicado, elegante- caminando como hoy bajo la lluvia entre la multitud sedienta de rebajas.
No; lo más fascinante –con serlo- no es el hecho en sí. Lo más fascinante es que tú, tesoro, te acerques para acariciarle –a veces aciertas- el lomo y te subas a los árboles para bajarle los brotes más tiernos. Tu cara es un poema cuando desaparecen, mágicamente, las hojas de tus manos.

Yo también –amor, créeme- veo tu elefante rosa. Allí mismo; sobre aquel tejado…

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Motivo de divorcio

24/05/2006

Llevabas, Teresa, tantas noches zarandeándome inútilmente que cuando esta madrugada me has acariciado –era tu mano reconquistando mis hombros, colonizando mi ombligo- se me ha erizado la piel y me he desvelado.
Ha sido –después de tanto tiempo sin hacerlo- un gesto culpable y torpe que me ha dejado al pairo, escuchando los primeros coches, contando una y mil veces las rendijas de la persiana.
He comprendido que el viaje te ha cambiado extrañamente. “Al menos –dijiste al marcharte- estaré unos días sin escuchar tus ronquidos; dormiré –suspiraste aliviada- como una niña”.
Sí. Has vuelto de esa inesperada Convención morena y distinta.
Le debemos, tesoro, tanto al hombre que te ha dicho que tú –no puede quererte demasiado- también roncas...

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El felpudo

19/05/2006







El felpudo, cariño. Lo primero que echamos de menos fue el felpudo. Recordábamos perfectamente a la entrada de nuestra casa había un felpudo que rezaba Bienvenido. Estaba un poco ajado por el uso pero era nuestro felpudo. Uno busca siempre el felpudo al llegar a su casa y se sacude los zapatos, los semáforos, el jefe, el lunes. A nadie deberían, amor mío, robarle el felpudo.
Sí; los dos nos quedamos mirando ridículamente al suelo intentando inútilmente dar con el felpudo. Sin él la casa se nos antojó de repente deshabitada, casi inhóspita.

La puerta cedió al primer giro de la llave como si en lugar de a Torrevieja tan sólo hubiéramos ido al súper; como si hubiéramos cerrado la puerta despreocupadamente pues íbamos a estar ahí mismo, en la farmacia de la esquina; como si hubiéramos bajado a tirar la basura y bastara con el golpete.
Hostia –dijiste entonces y empujaste la hoja.
Nos miramos por un instante, recorrimos cada habitación y comprobamos que los ladrones habían arramblado con todo. En las paredes se distinguían las líneas de los armarios, de los cuadros; sobre el suelo, los rectángulos que hasta hacía unos días habían ocupado las alfombras; del techo, como estalactitas, asomaban los cables de corriente.
En la cocina no quedaba ningún electrodoméstico; tan sólo el reloj de plato seguía tercamente marcando las horas. ¿Para qué coño querrían nuestros cepillos de dientes, las compresas y el agua oxigenada? ¿A quién pensaban venderles nuestros zapatos?
Buscamos inútilmente donde desplomarnos y nos acabamos sentando sobre la maleta que tú aún no habías soltado de la mano. Hicimos después un rápido inventario de aquella pesadilla; lamentamos no tener contratado un seguro, lloramos algunas fotos. Nos culpamos mutuamente de no tener una alarma, un pittbull, una escopeta; del buzón atestado de correspondencia; de no haber regresado unos días antes como dije yo; de no haber ido en Septiembre como tú proponías.
Nuestras voces nos sonaron distintas en aquel espacio expoliado que mostraba sin ningún pudor los radiadores, las jambas, las escarpias. Tú sentiste frío y te abrazaste -llevabas tiempo sin hacerlo- a mí, que buscaba, nerviosa, el móvil para llamar a la comisaría.
Mientras tecleaba el número y tú fijabas la vista donde estaba el televisor de plasma, se apoderó de nosotros la nostalgia. Sentados sobre aquella Samsonite volvimos a ver la casa diez años atrás, cuando aún -¿recuerdas?- todo era posible; cuando nos amábamos sobre el parquet o comíamos en una mesa de camping una pizza Napolitana.


Colgué antes de que respondiera la policía.

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After shave

19/05/2006

“hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado”

Joaquín Sabina










Debí suponer –lo anunciaste con tanta solemnidad- que un suceso tan frívolo traería consecuencias.
Dedicaste toda la mañana del sábado a aquella tarea: afeitarte. Después de lucirla durante más de quince años te rasuraste la barba con un mimo irreprochable, procurando, acaso, que esa extirpación no resultara tan traumática: espuma para pieles delicadas, maquinilla de tres hojas con cabezal basculante y un delicado after shave con una reparadora esencia de alóe vera.
Durante unos minutos me pareciste desnudo, vulnerable; poco más tarde me asaltó la absurda certeza de encontrarme ante otro hombre, un tipo inaudito que poco o nada tenía que ver contigo y que había ido creciendo al amparo de aquel discreto antifaz.
Esa idea comenzó, en fin, a turbarme profundamente: me excitaba tanto imaginar que un intruso, un esporádico amante había irrumpido en la casa…Sus besos no eran los de mi marido; eran ilícitos, clandestinos, tan dulces como prohibidos. Después de tanto tiempo de casados volvemos - tanta urgencia nos enloquece- a amarnos con la precipitación de los amantes.
Ayer mismo tuvimos que refugiarnos en un portal al verte venir por la acera de enfrente.


A punto estuve –cielo, esto es un sinvivir- de llamarte y de contártelo todo.

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Elogio del colesterol

19/05/2006

Lástima, tesoro, –lo digo porque te quiero- que no tengas el colesterol por las nubes o descontrolado el ácido úrico. Ya sabes, Nora, algo que se pueda solucionar civilizadamente, trotando por el parque o desempolvando la bicicleta.
No, no te culpo; esta historia comenzó más por prescripción médica que por propia voluntad y sólo el tiempo la ha convertido en una pesadilla: quince minutos de piscina, un cuarto de hora de torpes abluciones –al principio tu estilo no era muy ortodoxo- que fuiste dilatando. Además, vida, lo entiendo: desde que empezaste a nadar la puñetera hernia discal dejó de torturarte.
Raro es el día –reconócelo- que no acudes mañana y tarde al polideportivo; controlas cualquier disciplina –braza, crol, espalda- y te desenvuelves en el agua con una naturalidad pasmosa.
Claro que tanto cloro tenía que destrozarte la piel. Es inútil embadurnarla continuamente con crema hidratante: muestra siempre esa inquietante palidez verdusca que ha hecho ya desistir al dermatólogo.
En esas circunstancias nos ha sorprendido el verano. Hemos alquilado –no quieres ni oír hablar de esas abarrotadas playas que ofertan las agencias de viajes- un bungalow junto al lago.
En fin, ahí estás, encantada; un día más tomando un largo baño de sol antes de saltar al agua; un día más igual de satisfecha y –curiosa esa afición que se te ha despertado- cantarina.
Yo –seamos sinceros- lo llevo peor: la humedad de este pantano es sofocante y proliferan los insectos; horribles coleópteros como esa libélula que acabas de –aún crees, cielo, que no te he visto disparar tu enorme lengua- tragarte.

Lástima, tesoro, –lo digo porque te quiero- que no tengas el colesterol por las nubes o desmadrada la bilirrubina.


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Grafitti

19/05/2006

Si las editoriales, amor, no despacharan todas mis obras con esas cartas asépticas; si mis relatos conformaran un humilde libro jamás hubieras llegado hasta mi cama.
Con cuarenta y dos años -entiéndelo- no podía seguir garabateando las puertas de los baños públicos, los cristales de las marquesinas, las paredes del suburbano.
A Dios gracias de mi rotulador sólo salían relatos menguantes, microrrelatos que despachaba con unas cuantas líneas de escritura nerviosa y precipitada como una vomitona.
Acababa -aquello no era vida- con el corazón desbocado; dormí alguna noche -deterioro de mobiliario urbano- en comisaría.
Por eso ahora -no quiero engañarte- me acerco cada tarde al primer tipo que veo, como tú, hojeando un libro. Intimo con él y le invito a subir a mi casa.
Al que acepta le voy enseñando mi cuerpo tatuado: el relato, amor, empieza aquí mismo; junto al ombligo.

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